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Capitulo 21

El Ángel Rubio

Parte UNO

No creo en los signos zodiacales, pero en el mío si. Porque soy geminiano. Creo que ella es capricorniana.

Por alguna idea absurda, siempre pensé que a la cabra no le gustan los gemelos, pura ocurrencia nada más.

La conocí, era rubia de rubia, no de tintura.

A veces por alguna razón especial no nos gusta tratar gente nueva. Porque parecería reflejar nuestra, en mi caso, criolla debilidad de entregarnos tal cual somos. Y no queremos o no nos conviene hacerlo. Esto ya estaba hecho. La conocí y punto.

Presentía que esta relación, si comenzaba, terminaría con mi callejera pero sana vida de hombre libre y experto probador de sabanas y almohadas nuevas.

Alguna vez, al comienzo, nos entregamos con los ojos cerrados a los viejos amigos. Pero con la diferencia, que con ellos nos costó tiempo, amarguras y alegrías, mostrarnos tal cual somos. Y por ese que se yo que tenemos dentro, nos acobarda el comenzar de nuevo a sembrar estrellitas para recoger tinieblas con alguna pequeña luz de vez en cuando.

Pura cobardía, la de encontrarnos con una piel a estrenar y un intelecto que puede darnos vuelta como la manga de una campera vieja que hay necesidad de remendar.

La conocí un día de mis habituales y estúpidas tristezas; esas que embargan mi espíritu nada más que para no estar tan alegre como generalmente creo que soy.

La Avenida Corrientes es la culpable.

Absurdamente soy la seguridad caminando. Mi paso es tan fuerte, que cuando camino, más parezco a un caballo en trote con tremendas herraduras, que a una persona civilizada.

Seguridad que se desploma ante la primera flor que encuentro en el camino, para contemplarla y sorprenderme ante su belleza hasta el punto de la admiración, tanto, como niño frente al Ratón Mickey en persona. Y me detengo, no interesa donde voy o a donde quiero ir, lo importante es detenerme ante mi flor, esa que acabo de encontrar, para comenzar a preguntarme sobre el origen de la naturaleza y asombrarme hasta las lagrimas.

Cosas, simplemente cosas de hombre que pasó su etapa de niñez, adolescencia y juventud, al galope en caballo ajeno, disparando tras el eterno sueño de la guita, la mina linda, el amor y la felicidad.

Un póker de cuatro imposibles de conseguir, pero que recién nos damos cuenta cuando la pobreza del alma, la soledad y la depresión nos embarga noches enteras, transformándose en un regular insomnio como el pan nuestro de cada día.

La conocí sabiendo que ella estaba en el próximo escalón. En ese que a veces no llegamos porque pensamos que subirlo, es solamente caernos de más arriba. Los que todavía le esquivamos al masoquismo temporáneo, mas por experiencia que por instinto de conservación, preferimos quedarnos en el de abajo, a pesar de que hubiera sido lindo intentar estar en el de arriba aunque solo sea por cinco minutos.

Me debo contentar con ser jugador de ruleta abierta y no de black jack con cartas escondidas. Soy de los hombres que prefieren apostar solamente lo que tienen y no del crédito que le da el banquero. De esos que luego se tornan difíciles de pagar.

Soy apostador de lo que veo y no de lo que imagino.

La conocí, y confieso que era tal cual yo esperaba.

Ella era y es como la luna que sale a media noche entre las nubes para darnos su luz, sin prometernos por cuánto tiempo alumbrará nuestro siempre neblinoso camino asociado sin querer o queriendo, a nuestro eternamente recordado y no tan alegre pasado.

Ella era y es como los ángeles que nos acompañan en los sueños, y que vienen solo para regalarnos su presencia alegrándonos el descanso, sin pedirnos nada a cambio.

Ella era y es como los fuegos artificiales de las infantiles navidades, que nos maravillaban exactamente el justo momento que duraba el alborozo de ruidosos destellos en la oscuridad, para que pudiéramos ver nuestras sorprendidas caras de personitas-hombres, que todavía no perdimos la capacidad de sorprendernos.

Las mujeres por naturaleza son coquetas, y utilizan toda su artillería femenina para que nos demos cuenta que existen en la tierra, como el único símbolo sexy del universo. Ella sabía cómo hacerse notar sin que nadie se dé cuenta. Pasa, que la mujer a veces olvida que los hombres también existen para el mundo sexi aunque sea por momentos, en su desesperada y competitiva rivalidad desde que nació el metrosexual. La competencia con una mujer es desproporcionada: ella siempre ganan.

Ella era y es diferente, deja que su coqueteo se acomode en el lugar exacto que le corresponde, para no herirnos con su belleza de mujer inteligente, que espera ser conquistada alguna vez, por algún príncipe sin título, sin capa, espada o caballo.

Ella era y es de las que creen que todavía los hombres podemos salvar el mundo, con una caricia y un beso en la frente en el debido momento.

Bueno, es lo que pienso.

Lo que creo.

Nunca me lo dijo.

Solo se a ciencia cierta, que no es una mujer común, y que si le sigo el paso, terminaré anímicamente como no quiero que sea.

Pero estoy destinado, y así será.

Capitulo 21

El Ángel Rubio

Parte DOS

 

Acabo de llegar de algún lugar, lejano por cierto.

Me luce que recién estoy por irme.

Dejé una ciudad llena de cosas mías, afecto y objetos que me pertenecieron en algún tiempo, y que a toda costa quiero que sigan siéndolo, pero no, ya no, ya son pasado.

Un pasado que no quiero olvidar pero que me entristece recordar.

Y todo así, todo una controversial historia de dejar y tomar.

De perder y recuperar, de olvidar y recordar.

Así es mi vida, una constante queja de lo que dejo y mucho más de lo que comienzo.

Una llaga eterna que nunca se cura y que cuando está a punto de sanar la contamino de dudas y desconfianza.

Siempre disconforme conmigo mismo.

Una eterna herencia sin plata en el banco y sin ganas de vivir en el alma.

Hace un tiempo que conocí a Marta, una mujer. La mujer.

Quizás una mujer sin importancia en el comienzo. Pero una mujer que entró en mi vida como el aire lo hace por la ventana cuando uno la deja abierta sin querer.

Una mujer, que sospecho, de alguna manera alterará mi vida, no sé cuánto, cuando ni como, pero sé que a pesar de mi indiferencia con esta relación, será el principio de algo que cambiará mi vida y no quiero imaginarlo.

Mi vida es demasiada loca para integrarla a una mujer aparentemente por ahora, insegura y absurdamente con los sentidos bien puestos.

Soy más bien hombre de revolcarse en camas musicales rodeado de besos y colores inciertos.

Soy más bien, hombre de tres minutos de pasión y una eternidad de olvidos.

Ella es distinta, me hablo siempre de algo que poco y nada conozco.

Me hablo del amor y yo le hablé de mi indiferencia. Ella no creé en lo mío y yo, yo mucho menos en lo de ella.

Increíble pero cierto. Aun así, tenemos algo en común y nos entendemos.

La extraño y no tengo idea si me extraña.

Me dice cosas lindas. Le gusta como escribo.

En un bar de Recoleta, le regalé un par de letras en una servilleta que por ahí la tengo todavía.

Yo nunca le dije que a mí también me gusta, lo que ella nunca me escribe.

Ella es honesta con ella y conmigo, creo, yo no.

Yo lo soy únicamente conmigo.

Le miento y no me importa, a ella tampoco.

Ella no creo que mienta.

Ella me dice verdades aunque sé que algunas cosas oculta. Lo siento.

Es una percepción que no puedo negar y me da miedo.

Me da miedo enamorarme realmente de alguien, a quien no tengo confianza, y mucho más de Marta.

Que confianza puedo tener en alguien que solo veo cuando me necesita?

Si viví la vida sin ella y no me importó. Por que tendría que importarme ahora?

A veces me da miedo leer en sus ojos lo que no se anima a decirme.

Me dice cosas que me preparan para escapar al primer síntoma de enamoramiento de mi parte, pero nada es concreto.

Me dice cosas como si me conociera de toda la vida. Me dice cosas que me ponen en la vereda de enfrente, porque es el único lugar en el que estaría a salvo.

Marta, intelectualmente no es mi tipo, físicamente menos, al menos de las que yo llamo mi tipo.

Nunca me gustaron las rubias flacas, ella lo es. Porque si no estoy equivocado, es modelo. No mucho, pero lo es, a ser flaca me refiero.

Muy buenas piernas y tan agrandada al caminar, que parece la dueña de Buenos Aires, cuando a la siesta el viento porteño la convierte en un ángel rubio de pelo revuelto.

Que es lo que me gusta de ella?

Es astuta, eso si. De toda la vida me gustaron las mujeres astutas, pero también me gustan inteligentes, sobre todo capaces de demostrarlo sin que nadie se de cuenta. A ella no le importa que así sea. Ahí me confundo y no sé que es. Pero es tan suficiente que le da lo mismo.

En eso se parece a mí, quizás los sea, por eso quizas existe ese que se yo entre nosotros. Será por eso que un día, mejor dicho una noche medio dormido, le dije a Edith, mi ex mujer: Martita.

Edith me lo recordó cada vez que follábamos. A quien se le ocurre decir el nombre de otra mujer a 10 segundos del orgasmo?

Solamente a mí, pero no se me ocurrió, salió así. No pude hacer nada para arreglar semejante barbaridad hasta que terminó nuestra relación.

Yo era un hombre casado. El único que no lo registraba era yo.

Por eso se que a Marta la tuve y la tengo metida dentro mío.

Por eso me vine a New York con tres matrimonios a cuestas. Por eso viajé y me fui de Buenos Aires y seguiré viajando toda la vida a cualquier lugar. Sin rumbo.

La última vez la vi en Punta del Este.

Después de ducharse en mi cabaña, en el Complejo Tío Tom (centro turístico al que yo le manejaba la publicidad), me miró a los ojos y me disparó:

Por que te gusto tanto?

Por que me queres tanto si yo no te quiero?

Yo miraba el suelo.

Casualmente le miraba los pies y me dijo:

Ves? Tengo dedos martillo. Te gusto lo mismo?

Sus pies eran chiquitos y los vi realmente normales, no sabía que carajos eran dedos martillo, para mí, eran los dedos de un pie común de una hermosa mujer rubia, a la que había comenzado a querer demasiado.

Mirar a Marta me destruye. Dejo de ser yo. No existo. Me absorbe.

Cuando la miro me meto dentro de ella sin pensar, y cuando me doy cuenta no puedo salir. No quiero salir. Es dulce y amarga. Se entiende? Es dócil, frágil, y al mismo tiempo salvaje y fuerte. Quien carajos comprende eso?

Ella me domina, pero no quiero dejárselo saber, arruinaría mi vida de hombre fuerte que creo ser, porque con el amor, pienso que los hombres fuertes existen solamente en las novelas.

No es mi tipo, repito, es un problema de mi corazón y ella, entre ellos dos, y yo con ellos nada tengo que ver, no quiero tener que ver.

De enamorarme, perdería lo único que sé hacer: follar.  Un caluroso domingo de febrero, comimos en el centro y nos fuimos a casa buscando salvar nuestras vidas con aire acondicionado.

Dormimos la siesta.

Yo la miraba dormida.

Definitivamente, era un Ángel rubio descansando en mi cama sin permiso de Dios.

Desde entonces conservo esa imagen en mi cerebro, y será durante mucho tiempo, muchos años. Eternamente quizás.

A veces tenía ganas de decirle te amo, pero tenía miedo, miedo de adelantarme. Miedo de correr más rápido que el tren de los afectos, en el que regularmente viajo y a veces no quiero bajarme en ninguna estación intermedia.

Era evidente que Marta no era mujer para mí.

Por eso a veces temblaba de solo pensar que pronto vería nuevamente a la mujer que no es mi tipo, pero para mí, no para mi corazón.

Muchas cosas pasaron en muy poco tiempo.

Las enterré.

Y seguirán enterradas por la eternidad.

Debo haberla visto no más de media docena de veces a solas y otras tantas con una amiga cercana, la misma que se animo a decirme un dia: Marta está viviendo en Brasil.

Ciertamente, nunca más la vi. Nunca más supe de ella.

Curiosamente, jamás viví de recuerdos, pero absurdamente a ella la tuve presente durante toda mi vida.

De ella no me quedó una puta foto ni para remedio. No es raro, nunca coleccioné fotos de nada ni de nadie.

Es que vengo golpeado desde chico.

Siempre me fue como la mierda en el amor, por eso nunca creí en él ni en la bendita felicidad.

Hice bien. Esa hermosa palabrita, para unos cuantos algunos, solo trae sufrimientos. Para otros algunos, Tristezas. Y para muchos mas, depresiones y desgracias varias. Y sobre todo, la enfermedad del recuerdo. La nostalgia.

Uno se pasa los dias recordando los momentos maravillosos vividos junto al ser que se decía amar. Pero de que mierda vale amar tanto si luego, la supuesta felicidad pasa más rápida que tres putos alegres días de carnaval?

Pasaron muchos años, ya olvidé cuantos, más de 20 o 30. Y a pesar de casi no tener recuerdos, con los pocos que tengo, aprendí a vivir sin que me duelan. Irónicamente, todas las mujeres de mi vida posterior, siempre fueron rubias y con un muy cercano parecido a esa rubia modelo. De esa que se fue para no volver nunca más.

Lo de Marta fue un sentimiento extraño.

De los que no pueden explicarse ni con palabras ni con letras.

Afortunadamente o no, el mío hacia Marta, fue un maravilloso y misterioso sentimiento sin nombre.