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De PARRAFO'S

 

Capítulo 9

 

UN CASI HOMBRE CON UN MONTON DE MUJER

Parte 1

 

Tenía 18 años y tres meses. Poca edad para tanta experiencia mal capitalizada. Ni una moneda en el bolsillo era la mejor muestra.

Para mi madre casi un niño.

Para algunos casi un hijo de puta.

Y para otros, un pendejo atorrante y casi buena persona.

Para mí, un adolescente en busca del ser humano que deseaba ser algún día: Un hombre de honor.

Un verano en Buenos Aires, de puta madre. En la ciudad quedábamos solamente laburantes explotados (me anoté pero justamente yo, no era el mejor ejemplo) y los ricos amasando guita a costillas de los explotados y a veces desocupados laburantes. Llegué, creo, en el momento oportuno.

Circunstancia caída como anillo al dedo para meterme en otro rollo de polleras a los que estaba comenzando a acostumbrarme, más por aventurero que por vicio y más por sexo que por aventurero. Fue la hora exacta en que no aguantaba más los indiscretos mensajes aunque levemente sonoros y casi sin ritmo, de mi injustamente maltratado estómago.

Solía dejarme caer a menudo, en el preciso momento del plato nocturno en casa de mis amigos, algunos con comillas y otros sin ellas. Por ese entonces era imposible disimular mi casi cadavérica y bien marcada cara de hambre, tampoco ayudaba mucho a despistarlo mi lánguida silueta de pintor francés sin barba con visibles signos de herencia hambremundista, que es equivalente a cero a la izquierda. Nadie dudaba que no era dieta lo mío ya que en esa época, solamente era técnica y uso exclusivo de mujeres adineradas o con amantes gordos. No sé por que razón y a pesar de la cara de boludo, los amantes gordos invariablemente tienen mucha guita. Y yo justamente no era mujer, ni adinerado, ni gordo boludo. Era solo un joven, ni vividor ni malo, solamente un atorrante simpático y hambriento. Un intelectual no ranqueado. Para colmo de colmos, eternamente afiebrado calentura libidinal. Dos malas cualidades que identificaban al portador a una legua de distancia, aunque se pintara de desapercibido si ello tuviera color o disfrazara de submarino de juguete en la parte mas profunda de las lagunas mentales.

La casa de Los C está de fiesta, pensé. Me equivoqué. La fiesta no había comenzado todavía. La concurrencia estaba entrenando el hígado con vino blanco al hielo y aceitunas verdes importadas, para seguirla luego en otra parte.

Cualquier sitio. Quizás lugares en los que estoy acostumbrado a despertarme en espacios desconocidos para mis dedos cuando palpan la almohada y, para mis ojos cuando se acostumbran a la oscuridad de días todavía no amanecidos. -Quien sabe donde-, pensé. Olvidé junto a otros tantos olvidos, que Gladis C me había invitado por teléfono oficialmente y en persona a la comida del cumpleaños de Peggy. Una inglesa supuestamente adinerada. Era una noche especial. Por la invitación de Gladis era exclusiva. Este motivo desplazaba como sin querer el status de mangazo en la prometida comida. Todavía no conocía a la tal Peggy. La imaginé una vieja ricachona, fina pero gorda al mismo tiempo. La reunión sería en la cantina "Capitan Tito" del populoso barrio de La Boca y prometia grandes sucesos acompañados de enormes interrogantes. Por ese entonces, las cantinas eran el Mau-Mau de los intelectuales para sus fiestas de gala con pantalones gastados y ni un mango en el bolsillo. Conocía Gladis por Osiris Chierico, su marido, a Osiris me lo había presentado un viejo y querido amigo en común, el desaparecido poeta Daniel Giribaldi. Daniel y Osiris habían sido compañeros en tiempos del diario "Democracia", colegas de ley en la amistad y en el laburo. Para mi, Osiris era un gordo de mierda que hacía ostentación ilegal pero con permiso de portación, de una gran panza de hombre bien comido y bebedor sin límites de todo lo que venga. Yo me parecía mucho a él en lo segundo, y su panza, por mas grande que esta fuera y que era bastante, me traía recuerdos de los buenos "tiempos de las vacas gordas" y casi sin querer, me regalaba toneladas de odio y envidia al compararla con la mía. La realidad actual era dura, me rascaba la espalda metiendo el dedo por el ombligo. Increíble pero cierto. Un oso enojado y a punto de atrapar su presa, era más simpático que Osiris. Inteligente y buen profesional como antipático y de pocas pulgas. Con las mujeres era distinto, pura sonrisa y amabilidad.

UN CASI HOMBRE CON UN MONTON DE MUJER

Parte 2

Osiris estrenaba traje de payaso cada vez que conocía una pollera aunque no le gustara. Era evidente que los hombres significábamos para él, la competencia y rigidez de su padre cuando niño, y las mujeres, la mano bondadosa de su rememorada madre, que lo llenaba de mimos hasta cuando se portaba como niño mal criado haciendo pipi en la cama a los 14 años. De no haber sido por agradecimiento, ya que una vez me presento en una revista literaria para escribir sobre arte (agradecido: con eso comí durante un par de semanas) y me tomaron, con el mayor de los gustos y sin ninguna consideración, lo hubiera mandado no pocas veces y de acuerdo a las circunstancias, a la mismísima mierda sin ningún remordimiento de conciencia. A pesar de su voluminosa apariencia físico-intelectual, lo más notable era su grasiento rostro de gordito paradójicamente astuto y estupido a la vez. Por esa retribución y revelándome mudo y por dentro, yo, como si fuera su mas fiel empleado, hacía todo lo contrario. El caso era que cada vez que se acercaba a mí, tenía que insertarme el casette de muchachito simpático de la telenovela y comenzar a decir maravillas que lo reafirmaran como hombre mayor, serio y crítico sin igual en el campo periodístico-literario. Me fascinaba realmente, el tomar conciencia con cuanta hipocresía y facilidad le demostraba mi disimuladamente imbecil y especuladora admiración. Lo siento, no podía hacer otra cosa que bailar, música y danza comenzaban cada vez que nos encontrábamos, y no todas las veces era de casualidad. Me prestaba a ese juego, cuidadoso y con complejo de idiota marioneta sin otros hilos que los de la necesidad de laburar como escriba, aunque mas no sea como chupatintas de cuarta. No todo tiempo pasado fue mejor en nuestra putamente asombrosa existencia terrenal, es posible que la mía haya sido excelente alguna vez en el seno materno. Gladis era una de mis amantes de turno y tenía la idea fija de que Osiris estaba esperando el momento oportuno para infligirme sin piedad. No para matarme al mejor y sangriento estilo italiano, sino, para quitarme su apoyo periodístico, sin el que llegado el caso y por falta de contactos, moriría de inanición. Y llego Peggy. Apareció sola. Un segundo después supe que era ella, no hacía falta ser adivino ni brujo para darse cuenta. Hasta un ciego hubiera advertido su presencia. El exquisito aroma de perfume importado y el suave taconeo sobre el parket tipo reina, hacía posible distinguir una persona sin necesidad de verla. Y esa personita era Peggy. Nada que ver con la gorda y vieja que esperaban los hambrientos de pan y sexo como yo. Modelo, seguro que no. Estrella de cine, sí. Su madurez y refulgente belleza, eran el tipo de pasaporte que los productores cinematográficos exigen. Le brotaba la guita por todos los costados. Lo absurdo, no ostentaba riquezas. Un Pucci (vestido de seda pintado a mano muy de moda en esa época) de colores pálidos y con mas escote que camiseta de basquetbolista, resaltaban sus ya bien pronunciados busto y caderas. Me preguntaba, si al vestido se lo habrían pintado en el cuerpo de tan bien que le caía. Sabia de caídas, me las pasaba correteando modelos los ocho días de la semana. En las corridas aprendí lo que es "cuando una tela tiene buena caída" sin bajarla con la mano. Cortito, justo la medida que nosotros necesitamos, para darle rienda suelta a nuestra imaginación de la mano con la hermanita menor, libidita. Los deditos con uñitas pintadas de rojo suave casi rosa, sacaban la cabecita entre las tiritas blancas de unas sandalias tacos altos, que la hacían mas sensual que Gina Lollobrigida en la película "Pan, amor y fantasía". La mirada de Osiris y la mía se chocaron antes y después de desnudarla por lo menos mil veces en cuestión de segundos. Si, la desnudamos con esos alcahuetes ojitos de ginecólogo sin titulo ni consultorio; ojitos que caracterizan al hombre en celo, y en mi caso, al aprendiz de adulto calentón. Por no se que razón, desde muy chico asocié rubias bonitas con actrices del cine americano, y si realmente eran rubias naturales y bien bonitas como en este caso: con Kim Novak. Que susto mi Dios, Peggy se parecía más a Kim Novak que a Peggy La Inglesa. Peggy era rubia natural. Nacida, criada y casada con seguridad en un coqueto barrio de Londres con algún famoso desconocido. Dejar escapar a sabiendas, una mina semejante de nuestro lado es ser definitivamente tarado, y este ingles por mas ingles que sea, debe haber sido con certeza, muy pero muy pelotudo.

UN CASI HOMBRE CON UN MONTON DE MUJER

Parte 3

Peggy vivía en Argentina desde hacía solo un par de años. Peggy, por esas casualidades que a veces nos favorecen, aun con nuestra autoestima cargada de timidez, estaba tan cerca mío que podía escuchar la mala pronunciación de su sensualmente ensalivado y arrastrado castellano. Decía palabritas astutamente mascadas y atravesadas con esa boquita de labios tan perfectamente delineados, que poco importaba que se entendiera lo que ella pretendía decir. Me preguntaba cuantos infartos juntos me podrían dar si la Kim anglo-argentina depositara un solo beso aunque más no sea, en mi imaginaria y afrancesada barba de pintor sin bastidor ni pincel. Por que tenía que limitarme solo a escuchar y no ser yo, quien este hablando con ella aunque solo sean boludeces de pendejo calentón y hambriento?

La espera de la presentación formal por medio de Gladis y que no llegaba nunca, destrozaba los pocos nervios que me quedaban enteros y vivos, los demás estaban muertos por ella, enterrados en el lugarcito que me dejó en el descubierto escote de mujer, que se sabe deseada desde el pelo, pasando por esos tremendos ojos verdes de su tostada carita hasta los piecitos, embadurnados con pedacitos de sol al mejor gusto de las costas del Mediterráneo. Patitas que esa noche serían mi muy bien saboreado postre, y el comienzo de una infernal locura pasional que nos encarcelaría espiritual y sexualmente por casi dos años. Sin lugar a dudas, la naturaleza se había encariñado con Peggy de una manera muy especial, como si fuera la hija mimada que nunca tuvo desde su Creación. Efectivamente, parecía una de esas mujeres disparadas en noches de luna llena de una cinta de Fellini, igual, pero sin cortes. Poco después, me daría cuenta que era imposible caminar con ella por la calle sin que los monos pensantes se dieran vuelta, y que era yo el elegido accidentalmente, para pescarlos en pecado, mas pleno uso y abuso del décimo mandamiento. En realidad no era mi mujer, era la de otro, que a los efectos del mandamiento, era lo mismo. Cuando conocí a Peggy, "La Inglesa" como le llamaban sus íntimos, me di cuenta que la ropa interior no tenía mucho que ver con ella. No había nada para levantar y mucho menos para ocultar. Todo estaba bien arriba y lo pretendidamente oculto demasiado a la vista para saborearlo sin siquiera abrir la boca. De no ser que uno se convierte en extraterreno con tres ojos, que lindo hubiera sido tenerlos para mirarla más y mejor. Desnudarla tres veces al mismo tiempo no es cosa de todos los días. Dos ojos a veces no son suficientes para mirar tanta incansable y desesperada belleza de mujer en una reunión de gansos ilustres que protagonizan el papel de intelectuales. Me cortaba la respiración tanta piel tostada y distribuida tan armoniosamente al milímetro sexual. Peggy daba la sensación de que era solamente para disfrutarla con la vista y los pensamientos inconfesos, no para acariciarla, aunque tuviéramos las manos recién lavadas en gigantescas fuentes del mas caro extracto importado. Era evidente que de franela salvaje y besos caníbales tipo catamarqueño, ni una palabra, y de acostarse con ella, mucho menos. Obviamente, me saboreaba de antemano una paja inolvidable en mi solitario cuarto de soltero a media noche, pero con un rico sabor inglés.

En esa época, todavía no conocía a quien muchos años después sería uno de mis mejores amigos en el ambiente de la farándula artística porteña, Nicolás Carreras, porque con toda certidumbre me hubiera pedido tipo orden, hacerle un contrato a Peggy de para por lo menos diez películas doblando el cachet en cada una de ellas. Peggy era casada. Su marido era el dueño del Restaurante "Porta’ D’Oro" en San Telmo, un tano guitudo e insoportable, y para colmo cabeza dura. Nunca me enterré como era la relación entre ellos. Tampoco me importó mucho saberlo. Soy de los que no les gusta enterarse de nada que complique, los compromisos que tenía con mis propios problemas, abastecieron gradualmente ese tipo de inquietud por los quilombos mamados desde que nací. Los malos pensamientos me hacen feo, prefiero ser lindo sin concentrarme en ellos. La vida de por sí, es lo suficientemente compleja y si conocemos el gustito que tiene cuando es linda, para que andar intentando otros sabores, que en una de esas le hace mal a nuestro ya maltratado y callejero olfato de adolescentes. Por fin nos presentaron.

Gladis no podía ocultar sus celos de mujer que estaba sintiéndose abandonada aunque solo sea unos minutos por dos hombres al mismo tiempo, un amante tropical más un marido gordo, cansado y para colmo, cornudo. Peggy no sabía de mi relación con Gladis y mucho menos lo que estaba pasando dentro mío por ella. Peggy me miraba con esos verdosos ojos seductores propio de las actrices que tratan de conquistar al galán tras bastidores. Desde luego yo no era ese galán, pero se veía a la distancia que era una táctica para demostrar que era la mujer fatal de todo momento. Extremadamente simpática y desvergonzada, pensé. Y digo desvergonzada, porque con semejante cuerpo, yo, mujer, hubiera salido a la calle únicamente con la escolta de media docena de granaderos a caballo y sable en mano. Peggy daba la impresión de no ponerse colorada ni siquiera desnuda en una iglesia de pueblo, menos con ese vestido de seda que de por si, no dejaba mucho para imaginar, pero seguía de todas maneras, siendo mas discreto que estar desnuda. La segunda pregunta fue la que no quería escuchar. Y la escuche nomás. - Te llamas Raúl no? - Que edad tenes Raúl? Tras ponerme nervioso por la maldita y esperada frase interrogatoria, me ponía peor aun su modito de hablar, mascaba las palabras para decirlas como si tuviera en la boca un manjar que no quiere tragar para saborearlo mas tiempo. Cuando le dije - 18 - Me miró en signo de pregunta como diciendo … -Te querés acostar conmigo?- Menos mal que no lo dijo, a pesar de mi juventud no estaba realmente preparado para un ataque al corazón sin ambulancia cerca, me hubiera muerto de todos modos. Por lo pronto, lo que necesitaba en calidad de urgente era orinar, me meaba encima. Debo agradecer aunque sin ganas y de la boca para fuera, la intervención de Osiris que llego a tiempo pero en destiempo; Osiris tenía que llegar, no podía demorar más en joderle la vida al casi veinteañero conquistador. Lo último que haría en su vida el gordo Osiris, era no meterse en el medio, entre la escultural Peggy y el hambriento pintor francés disfrazado de mujeriego. Volví tan rápido que nadie notó mi ausencia. Podía sentir sobre mis piernas, caer las últimas indiscretas gotas de mi anterior urgencia. Florero, si, florero de mesa, eso es lo que me dio la impresión de ser cuando me metí tipo Fórmula Uno en medio de los dos. No me importó de que hablaban. Me interesaba mucho más lo que yo quería decir. Sobre que? La menor idea. Pretendía solo que el gordo de mierda no me ganara de mano en la conquista, eso, a pesar de que no nos perdía pisada una media esposa en común. Se terminó la charla y a comer, dijo alguien por allí. El Capitán nos esperaba. La reserva de una mesa para treinta personas, esperaba con las patas abiertas, a la mesa me refiero. Del antiguo departamento de los Chierico en La Avenida Córdoba y Ecuador, bajamos la escalera de a uno y de acuerdo al rango de nuestra amistad con la dueña de casa. Por las dudas a mi categoría la tenia olvidado, quería ser el último, por eso me jodí. Fui el último. Peggy la primera. Yo a las puteadas. Pero eso sí, sin abrir la boca. Deseaba que mi descenso no terminara nunca, no sabía que hacer cuando estuviéramos en la calle. No tenía auto y de ser así, tampoco hubiera podido usarlo, no tenía un mango ni para ponerle un litro de nafta. Para mí, la plata no andaba a caballo, andaba en jet supersónico. En el auto de Peggy entraron los acomodados e íntimos. Sentada entre Gladis y Osiris en la parte de atrás, la rubia miraba para todos lados como pidiendo socorro, por supuesto que no lo hubiera pedido nunca en voz alta, no era su estilo. Cinco colados en total, mas la dueña y el chofer, tomaron rumbo a La Boca. Yo no estaba entre los colados. El resto cada uno por su lado, se fueron todos. Un afeminado personaje español, íntimo amigo de Gladis que bajo con nosotros, muy fino, de profesión actor y con el cual habíamos cruzado solamente dos palabras (todo lo que sabía de el era que se llamaba Omar, trabajaba en Canal 9 y se decía muy amigo de Alejandro Romay), se apiadó de mi y me llevó en su taxi hasta la famosa cantina. Mudo, no me salió palabra en el trayecto. No valía la pena de todas formas, el hablaba por los dos. Con seguridad que el tema del que yo quería charlar no coincidía con el de él. El también estaba en plan de conquista y lógicamente, yo era su meta. Menos mal que estaba quieto de manos, de otro modo con todo el dolor del alma de mis pies, hubiera tenido que hacer el trayecto a la cantina caminando. Fue la travesía mas larga del mundo, pensaba en Cristóbal Colon y en Peggy al mismo tiempo. Omar en mi, dos pensamientos unidos por un mismo objetivo pero con distinto “objeto”.

UN CASI HOMBRE CON UN MONTON DE MUJEr

Parte 4

Por fin bajamos del coche. Para que habremos llegado. El griterío era infernal. Parecía un jardín de infantes pero de gente adulta. Al premio se lo daban al mudo, que por lo pronto gritaba más que todos juntos. Desilusionado es decir poco, mas bien a punto del suicidio estaba cuando vi la extensa mesa con gente por los cuatro costados. Omar y yo, indudablemente deberíamos sentarnos en otra mesa o quedarnos parados, ninguna de las dos opciones me hacía lindo, aunque tuviera muy cerca, a mi cada vez mas lejana Inglesa. Me arrimé a Gladis para decirle al oído que regresaba a casa con un amigo que no existía, cuando una mano desde atrás me agarró del pantalón como se toma un bate de béisbol. Me di vuelta para ver quien era. Los ojos verdes de Peggy rebotaron en mi cerebro y en mi sexo. Sentí que me desmayaba. -El mozo "trajerá " una silla para que te "sentás" acá , delante mío-, dijo, con palabritas mal dichas y seductoramente chiquititas, como la lengüita que se movía dentro de esa boquita llena de dientes blancos, preparados para morderme mejor en la primera oportunidad que les diera su ama. Me ordenó como la mamá a su hijo donde sentarme.-Delante de ella- Y -por que no a su lado?- Pensé. Que bueno es a veces El Creador con quien no lo merece.

En ese momento El Señor realmente estaba siendo demasiado bueno conmigo; por eso me pregunté, a que hora comenzaría con su enojo si no me portaba bien. Me senté como en penitencia. Me acordé de cuando mi maestra me ponía en un rincón del aula mirando contra la pared, nada más y solamente por el hecho de haberle espiado las piernas por debajo del escritorio. Dictadora. Hipócrita. Peggy sentada frente mío, me miraba como los chicos miran el caramelo del amiguito cuando ellos no lo tienen. Y yo, mas parecía chocolate que caramelo, me derretía de a gotitas y no en mucho tiempo me tendrían que juntar con cucharita desde el suelo. Entre la temperatura del caluroso verano y la mía en particular, sumábamos los grados que se necesitan para fundir el hierro. El pie de Peggy se me había metido dentro de la botamanga del pantalón como serpiente que escapa del cazador refugiándose en su cueva. Sus tibios deditos parecían pichoncitos de gorrión en busca del pico materno para alimentarse. Deditos perdidos en la desesperada búsqueda de lo que solamente ellos sabían que pretendían encontrar. Por lo pronto los traviesos deditos de mi querida y codiciada vecina de la vereda de enfrente, hallaban en su camino, por ahora, solamente mis acaloradas y velludas piernas. No hizo falta quitarme los clásicos mocasines color suela de Guido, solitos huyeron de mis pies como buscados por la policía. Pelea de pies. Pies que se quieren destrozar. Que se muerden y se acarician al mismo tiempo, reconciliándose para volver a pelear. Peleándose más para reconciliarse más. Yo no sabía que los pies de un casi hombre como yo con un montón de mujer como ella, podían besarse. Desconocía que podían abrazarse independientemente de sus cuerpos. Desde cuando estaban emancipados nuestros pies? Al menos los míos hacían lo que querían, yo no tenía la menor idea de como hacer para que ellos no jugaran más con su nueva vecina, por lo pronto había desistido en insistir con su buen comportamiento, es más, había dejado de ser responsable de lo que ellos en adelante hicieran. No sabía si mirarla de frente y a los ojos tipo macho seductor adulto boludo, o tipo indeciso joven ardiente.

Mentalmente ensayaba posturas artísticas adecuadas al momento y circunstancias, y todas ellas me lucían horrorosas en caso de ponerlas en uso. Los espíritus buenitos de los Casanova’s y familia, con toda seguridad que no querían ser coautores ayudándome en esta misión, no aparecían por ningún lado ni disfrazados de ángeles de la guarda, y cuanta falta me hacía aunque fuera solamente uno. La cantidad de ratones de todo tipo y tamaño que jugaban en mi cabeza era tan grande, que por el momento mi cerebro y mi sexo estaban en estado pasivos. Si alguien gritaba socorrooo o fuegoooo, daba lo mismo. Las piernas no podían hacer nada en caso de tener que correr, les faltaban los pies, ocupados en la específica empresa de mimarse como palomitas enamoradas con los de enfrente. De pronto, el rostro de Peggy se había transformado en una innumerable secuencia de orgasmos secretos, uno tras otro. Yo me daba cuenta, creo que cerrando los ojos lo hubiera presentido, ella lo sabía. Sus labios desencajados la denunciaban. Ya no era mas la mujer fatal, esta había renunciado a ese título para convertirse en una mujer común, de las que se vienen una y otra vez mirando a los ojos de su amado, por el momento, disimulada y silenciosamente, como entrando al cielo en puntita de pies para no despertar los querubines.

La comida paso tan desapercibida para nosotros, tanto o más que la charla de sus comensales. Si la pasta o la carne estuvieron cocidas o calientes, jamás lo sabré, como tampoco me interesó en ese momento quienes estaban disfrutando de ella. Me había enamorado perdidamente de Peggy. Ella se había enamorado también de mí. No hacía falta que me lo dijera. Intuía que esta relación complicaría mi vida desde allí en adelante. Y me la complicó nomás. Peggy cumplió los 50 años ese día, y estaríamos juntos, desgraciadamente, solo por un par de años más. Interminables. Pero se terminaron para desventura mía. Se separó de su marido un año más tarde. Eso no solucionó nada. Le pedí que se casara conmigo. Ella no quiso. Mi madre tampoco. -Eres un bebe, Raúl, yo soy una vieja de 50, cuando tengas mi edad, yo seré una anciana de 80- … me decía. Es imposible describir con palabras mi tristeza cuando la escuchaba decir esto. Solía repetirlo a menudo para desilusionarme. Yo lo sabía. Lo hacia ex profeso. De golpe yo había dejado de ser un adolescente. Me sentía hombre y casi con los mismos derechos que los demás. Los "demás" que tenían auto y departamento propio, aunque yo no los tuviera. Nos amamos hasta el último día como si fuera el primero. Como ese en que nos conocimos el día de su cumpleaños. 32 años es mucha diferencia. En el transcurso de mi vida, creo haber leído unos cuantos libros y visto otras tantas películas románticas, del amor con mayúsculas, y debo confesar que jamás he visto nada parecido a lo nuestro. Indescriptible. Increíble. Incomparable. Y una prueba tengo de ello, jamás viví un amor tan intensamente sufrido y disfrutado a dúo. Las vibraciones de uno eran contadas con la lengua sobre la piel por el otro.

Corroborábamos la presencia de un auténtico amor con besos, que viajaban desde el fondo del alma y pasaban sobre el corazón para llevarse de regalo los latidos que nos hacían temblar los labios. Que manera de amar. Que manera de sufrir. Que manera de llorar en cada despedida como si no fuéramos a vernos nunca más. Nos encontrábamos los primeros tiempos siempre a las seis de la tarde. El lugar, era el departamento de Alfonsito Cavanagh en la Calle Guido en Palermo Chico, Alfonsito era un íntimo amigo mío, y era al mismo tiempo el partícipe mudo de nuestras clandestinas citas. A veces ella cocinaba para mí, otras, comprábamos comida en Pipo de la calle Montevideo. Generalmente hacíamos la recorrida de un lugar a otro en taxi, otras en el coche de Peggy, su chofer no entendía nada de nada. Peggy no sabía conducir, le aterrorizaba la idea de hacerlo. La despedida fue siempre la misma, abrazados, metiéndose uno dentro del otro y llorando. Llorando impotencia y bronca. Hasta el día siguiente, para repetirse nuevamente lo mismo del día anterior. Pasaron muchos años. Yo crecí. Bastante. Me hice bien adulto. Me puse viejo. También me salieron canas, de las blancas y las que el tiempo y la química tiñeron de negro, como los muebles viejos para que parezcan nuevos. Dejé Buenos Aires. Mejor dicho, Buenos Aires me dejó a mí. Me arrinconé en New York tipo auto-exilio. Durante todos esos años Peggy fue solamente un recuerdo para mí. El más lindo posiblemente. No hace mucho tiempo, cuando en oportunidad de encontrarme en la Capital (Buenos Aires) en uno de mis frecuentes viajes, un amigo en común me dijo que sabía de ella. Supuestamente Peggy vivía en Martinez, en un viejo, elegante y antiguo caserón sobre la Avenida Vergara. Fuimos hasta Martinez. Fue un verano y treinta años mas tarde de los 50 en El Capitán de La Boca. Peggy estaba sentada en un sillón hamaca en el jardín de su casa, sin descender la vi desde el auto. Jamás podría haberla confundido con otra persona, aunque esta fuera su hermana melliza. Mi amigo descendió para decirle que yo quería saludarla como habíamos acordado. Ella no quiso. Le pidió que me dijera (me lo confeso él más tarde) que "ella" era la hermana, - que Peggy se había casado nuevamente y estaba en Inglaterra desde hacía muchos años. Era indudable que por esos días, Peggy cumplía los 80 años. Cuando nos marchábamos, desde el coche vi la misma Peggy que conocí el primer día. Rubia, con la piel tostada y tristemente hermosa. Pero no más la mujer fatal. Era Peggy, la anciana de 80 años, la que ella fatalmente había anunciado cuando le dije de casarnos casi 30 años antes. Nos alejábamos de su casa cuando mis lágrimas comenzaron a brotar (como en este momento que escribo) y mi amigo dijo: Raúl- Peggy nunca quiso que te lo dijera, pero ella te sigue queriendo como el primer día, y no hace falta que te diga, desde que ustedes se dejaron nunca más salió de su casa ni tuvo otro hombre. También me contó, que una foto que nos tomaron juntos en la cantina El Capitán Tito cuando nos conocimos en su cumpleaños, adornaba una alejada mesita en el living del viejo caserón de la Avenida Vergara, su última residencia. Hallándome en mi casa de Palenville, un lugarcito de paz donde antiguamente residía en las montañas al Norte New York, mi amigo, al que no quiero nombrar porque lo prometí, me llamó una tarde a finales del otoño por teléfono, para decirme que Peggy murió de muerte natural, tristeza le llaman en mi pago, exactamente el mismo día que cumplió los 80 años. Maldita y traicionera edad, pero que hermoso e inolvidable amor, ese, el de un casi hombre con un montón de mujer. Que maldita y traicionera... que maldita y traicionera es la puta edad.