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Capitulo 13

LA HIJA DEL CORONEL

Parte 1

Verónica era una de tres hijas del Coronel Andrada Paso.
Coronel de estrellas apagadas en su vestidura, en su ánimo y en su imaginación.

Coronel en el que su antipática panza denunciaba el poco ejercicio que hacía para bajar lo que comía antes de su religiosa y larga siesta. Malhumorado y de pocas pulgas como buen milico. De esos que sonríen en todos lados excepto en su casa y menos con su mujer.

Por eso las esposas de los militares inventan risitas a los soldados disfrazados de chofer y ayudante marital al mismo tiempo, porque son los "asistentes de esposos ocupados" que solo saben de adiestramiento militar y lanzar balas de fogueo en guerras de celofán.
Verónica pertenecía a una familia de condición económicamente acomodada a juzgar por su presencia, estilo de vida y manera de comportarse.

Más claro, una niñita bien.

Pero ni de papá ni de mama.

Más bien de nadie.

Quizás de ella y con un poco de suerte, mía.
Vivía en Belgrano, en Arcos y a solo una cuadra de las tantas vías del tren local, de Sur a Norte y de Norte Sur.
Pelo negro azabachado le recorría la espalda llegando hasta la cintura y caderas niña-mujer. Nada que ver con bailarina o vedette de teatro de revistas, le faltaba altura a pesar de no ser baja. Una mina fuerte por fuera y débil por dentro.

Muy fuerte y muy débil.

Bueno, en realidad no entendía por que no estaba usufructuando de los beneficios económicos que brinda esa no todas las veces, frívola profesión vedetil.

Juzgar no es privativo de las mujeres. Los hombres también lo hacemos, aunque secretamente pretendamos que nadie se entere, y si no lo sabemos nosotros, considerablemente mejor.

Conocí a Verónica en La Rural de Palermo.

Fue un sábado a la noche, aunque podría haber sido un sábado cualquiera de un caluroso verano indiferente y porteño, pero no fue así

Fue un sábado extraño, interesante, divertido, único.
La vi y me arrepentí por primera vez en mi nocturna vida de geminiano empedernido, ser un hombre a punto de casarse.

Contraería matrimonio con Susana, la que hasta no hace mucho tiempo fuera mi mujer por más de 30 años.

LA HIJA DEL CORONEL

Parte 2


Por tercera vez en esos días, incurriría en la gran falta de perder mi libertad en menos de 10 años.

Con 27 años recién cumplidos, no muchos pueden sentirse "no arrepentidos" después de unos cuantos matrimonios fracasados, sobre todo, cuando se deja heridos del alma en la travesía.
Hoy no creo en la culpa, por lo tanto no me cuelgo penas, desgracias ni orgullos vanos de aquel entonces.
El Coronel pintaba, cuadros.
El Coronel decía que era arte.

La hija del Coronel no compartía la idea.

La hija del Coronel más bien se avergonzaba del “acertado” desvió profesional de su padre, aplacando desganadamente sus nervios mientras ofrecía al publico que nada entendía de arte, las pinturas del militar y artista en sus horas de ocio.

Generalmente a la salida de la secundaria y después de haber caminado unos cuantos kilómetros por Palermo pretendiendo encontrarse, Verónica desembocaba en La Rural, para hacerse presente en el local de su padre, ese, donde el Coronel vendía sus pinturas haciendo sociales.
Fue en la inauguración de Expo-Show. Expo- un extraordinario invento de Paloma Efrom -Jackie-; nosotros presentábamos ese sábado con Julio De Martino (un amigo productor-empresario para el que yo trabajaba como jefe de prensa) Las Satánicas. Era la Gran Noche de Expo-Show para la prensa, y el mundo empresario y artístico.

Las Satánicas eran el menú principal (conjunto que promocionábamos como suecas y no era verdad, venían de Suecia pero eran de Praga, y por eso estaban exiliadas allá), eran seis hermosas locas emancipadas que tenían patas para arriba la libido de tres centenares de machos porteños en edad de procrear.

Cinco sudadas rubias teñidas, cinco grandotas y una morocha rubia entintada de negro; reitero, asiladas por ese entonces en Suecia por cuestiones políticas, que una vez terminado el exilio salieron a transitar países en busca del pan suyo y del nuestro de cada día. Eso sí, mostrando la mitad de sus redondos traseros para que el populacho masculino las escuchara mejor.

La vestimenta era de lujo en su frente, la parte posterior solo tenia espalda y piernas, los fanáticos las querían cantando de espaldas aunque quedara chocante y de poco gusto para las mujeres.

Verónica atendía el stand donde el Coronel presentaba sus queridos óleos y sin ninguna discreción en el desgano; algunas veces sus amigas distraían su fastidio visitándola largas y para ellas entretenidas horas, no para Verónica, en contraste, su distracción era estar sola.
El puesto estaba ubicado justo frente al escenario sobre el lado izquierdo.

La figura de Verónica resaltaba en la sala entre los oleos, como un gigantesco cuadro o como un mural pintado por los auténticos hippies de Woodstock, mientras soñaban con la guerra y el odio del sexo que no tuvieron.
Verónica lucía como belleza disparada en nombre del amor y de la paz del lado de La Palomita de los festivales de Rock.
A las pinturas el Coronel las llamaba óleos, su hija mamarrachos al aceite, como las sardinas pero sin olor del mar.

LA HIJA DEL CORONEL

Parte 3

 

Nada que viniera de sus padres le agradaba.
Nada aceptaba.

Se negaba a obedecer.

Se negaba a vivir presa en libertad condicionada.

Odiaba reglas y formalidades impuestas por dos padres que espiritualmente vivían en la época de Rosas.

Reflejaba su rebeldía haciéndola pública cuando se vestía para salir.

La conocí con una túnica pintada a mano (explicaba que estaba hecha y coloreada por ella, con tanto orgullo como si la hubiera pintado Rafael) color disparate (morado-sepia en sus distintas tonalidades). La última vez que la vi, seguía con la misma túnica morado-sepia, o una muy parecida.

Cierta noche, una de las tantas en que habitualmente terminábamos bailando en Mau-Mau a las doce de la noche, Fraguita (Fraga era el portero de Mau) me señaló como al pasar y en secreto -siempre con la misma ropa (por la túnica): Raúl, por que no le regalas una nueva?-.

Danzaba para otros. Bailaba para ella.

Le encantaba hacerlo sola.

Debo confesar que a pesar de su desprecio por la riqueza y la sociedad privilegiada a la que por suerte o desgracia Verónica pertenecía, para nada desechaba la ruidosa compañía de la elite porteña, mas aun cuando se trataba de aterrizar en Mau-Mau, posiblemente en el mundo, única discoteca en su tipo, y donde no era sus dueños, en este caso Alberto y Jose Latta Liste, los que debían decidir quién podía entrar o quien no, sin el visto bueno de Fraguita; era totalmente imposible codearse con la alta sociedad porteña sin esa autorización, que desde ese entonces y de allí para delante, siempre anduvo mezclada con actores y periodistas de moda pero sin un mango.

La "famosa chapa", típica enfermedad que sufren los argentinos y hereditario virus de los que nada tienen pero aparentan mucho.
Verónica tenía un muy particular modo de padecer socialmente.

A veces invitábamos a Ana Ormazábal, hija del General Ormazábal, que por ese entonces era Ministro de Defensa en Argentina, y bailábamos los tres como si fuéramos amigos de toda la vida. Una de esas malditas noches fue la razón, por la que de a poco me fui distanciando de Verónica. Mi enamoradizo y geminiano corazón me traicionaba nuevamente con Anita.

Ana es otra historia en mi vida, una historia de tintes románticos y más complicados que profesora de matemáticas. Ana, una historia con pisadas fuertes en el camino del alma.

Verónica tenía un aire a Claudia Cardinale en la película "La muchacha de la valija", pero yo, no a Jack Perrin, el protagonista.
El pelo siempre revuelto como odiando el peine, la hacía parecer aun más alta de lo que era. Verónica tenía las luces disipadas, pero era más llamativa que parque de diversiones atestado de escolares. Sin especular, ella lo sabía pero hacía como que no se daba cuenta.

Formaba parte de ella el negar y negarse.

Le gustaba ignorar a quienes admiraban su belleza de adolescente que comienza a convertirse en mujer deseada por adultos en erupción y de los otros.
Verónica fue fatal en todo.

Hasta para amar.

LA HIJA DEL CORONEL

Parte 4

 

Cuando nos encontrábamos lo primero que decía era –

Por que no me queres más Raul?

Necesito que me quieras mas.

Por que no me decís que me amas?

... y yo, con culpa (por ese entonces todavía creía en la culpa), contestaba -

Cuando dije que no te quería?-.

En ese tiempo como ahora, no conjugaba el verbo amar, y si lo supe, creo haberlo perdido en alguna borrachera, porque se me olvido muy pronto.

A lo mejor se me notaba, no lo se. O adivinaba.

Le gustaba adivinar.
No discutía.

Se quedaba muda.

Amaba el silencio.

Era su pasaporte de extraterrestre que la dejaba entrar libremente en el mundo de los callados.
El mutismo era su modo de hacerse escuchar.
Era la forma de comunicarse conmigo y con el mundo exterior.

Otros hablan mucho para hacer ver que existen, ella se quedaba en silencio para que se dieran cuenta que no estaba.

Que habitaba en otro lado.

Que su lugar no era donde estaba parada o sentada.

Cuando se acostaba a mi lado era el único momento que sabia donde estaba.
Verónica quería que la miráramos así adivinábamos donde podía estar ella.

Ella decía que estaba donde yo, pero invariablemente el que no estaba era yo. Y ella lo sabía. Se daba cuenta.

Los hombres tenemos la increíble capacidad de mentir lo que no sentimos y además, que nos crean. Esto no es una virtud nuestra, tampoco quiere decir que subestimamos la mujer, esto quiere decir que los hombres abusamos de los golpes bajos, que van desde las lágrimas de cocodrilo hasta el juramento, pasando por las cenizas de una madre que está viva y a punto de darnos otro hermanito.

Verónica me amo.

Estoy seguro que me amo.

No porque me lo dijo mas veces de las necesarias. Lo demostró. Con todo. Se pasó un enorme pedazo de su vida haciéndome leer en sus lágrimas su amor por mí.

Me enloquecía.
Nos enloquecíamos.

Confieso que me hubiera gustado amarla.

Quizás a mi manera la amé sin saberlo.

Si.

Debo haberla amado sin querer.

Yo no quería amarla.
Estaba a punto casarme.

Quería a la que sería mi futura mujer y también a mi manera.

Pero era distinto.

Con ella tenía piel, exactamente la misma que tuve a través de nuestros largos y lentos años de casados; no sé si ella la tuvo, nunca lo sabré; creo que Susana, mi ex mujer, se quedo con pedacitos de la mía, pedacitos de piel que nunca me entregó.
También Verónica fue algo distinto en mi vida, estoy convencido que de no existir mi compromiso con Susana, ella hubiera sido mi mujer.

Verónica era una criatura muy única, muy personal.

Como lo era para sus padres.

Esos que nunca la comprendieron.

Esos que un día recibieron el mortal sablazo casi como una traición, de golpe, pero merecido quizás. Permanentemente mas intranquilos por sus reuniones sociales que por las demandas que su hija tenía sobre su existencia. Interrogantes que le hacían tener terror a la vida; un siniestro miedo que nunca logré alejar de sus pensamientos ni de los míos.

Para sus padres, más importaban los compromisos del club y los te-canasta que la tristeza del corazón y el poco amor a la vida por Verónica.
Solía buscarla en Arcos los viernes a la noche, otras en Cristóbal Colon, una confitería de Las Heras casi Palermo, desde allí planeábamos donde desembarcaría el dúo de tres, porque de ninguna manera era un trío de dos, Ana también era parte de mi desparramada alma.

Con Verónica a veces pasábamos juntos el fin de semana en una vieja casona de El Tigre, donde en cada centímetro cuadrado del viejo dormitorio, dejamos innumerables huellas de un dolido amor teñido de fatalidad desde un principio. Amor al que yo trataba vana y desesperadamente de disfrazarlo de eterno ante los ojos de Vero.

Los días de semana en la noche, nos encontrábamos con Ana para culparnos la primera media hora sobre lo mal que hacíamos a espaldas de Verónica, la otra hora y media hacíamos el amor, con la dife
rencia que después solo teníamos la mitad de las culpas, la otra mitad estaba redimida por lágrimas derramadas en el encuentro.
Llegué a las 8 de la noche de un viernes de mierda.

Maldito viernes de mierda.
Me atendió la hermana menor de Verónica. Con tan solo ver su llorado rostro, no hacía falta que me dijera lo que había pasado.
Sabía el final.

No quería ni podía saber cómo había pasado.

-La enterraron ayer- me dijo. -

Si queres pasa para que hables con papá-

Es lo único que le surgió entendible, lo demás lo adivine porque los dos estábamos llorando. Los dos consolándonos mutuamente. Abrazados a la desesperación y la impotencia de un mismo dolor. Nos hermanamos en la perdida por compromiso como regularmente se hace, compromiso que hoy estaba ausente.
Pasé.

Cuando en realidad lo que quería era irme y estar solo.
Me sentí por primera vez en mi vida un mal tipo.

Me odié tanto que me gasté todo el odio de una sola vez.

Por eso soy un tipo sin rencores en el alma.

Y Porque ya no me queda mas odio es que no sé de venganzas.

Tenía gana de darle patadas a esa puerta que ella días antes, la habría para salir disparada y refugiarse en mis brazos cuando yo llegaba.

De pronto se apoderaron de mí, incontenibles ganas de llorar hasta morirme.

Yo también quería morir.
No es simple.

Es difícil suicidarse tratando de contener la respiración.

Lo intentaba y no podía.

Estaba desesperado por llorar fuerte y con gritos que se escucharan hasta el cielo en busca del perdón Divino, por no haber sabido quererla como ella merecía.
Era tarde para todo.

Hasta para arrepentirse era tarde.

Se tiro bajo el tren que pasaba a una cuadra de su casa. A los padres le trajeron el cuerpo en pedacitos, como el padre era militar, se podía, con los civiles no se puede. A veces no se sabe si es preferible ser común denominador o tener coronita. Si se quiere ver a alguien cuando muerto, hay que hacerlo en la morgue. No se si los padres vieron su cuerpo destruido, y si lo hicieron, pagaron su pecado con la penitencia de verla en partecitas cuando muerta y merecidamente, por no haberla disfrutado entera y cuando estaba viva.

No sé si ellos lloraron sin ficción algo que no entendieron ni quisieron comprender.

A lo mejor la quisieron.

Quien sabe.

Eso nunca se sabrá.

Yo sé que a mi manera, la amé.

O a lo mejor no.

No lo sé.

No quiero saber.

Lo que sí estoy seguro, es que encontré a Verónica en el momento justo que le hacía falta. Que me necesitaba. Porque siendo yo un hombre a punto de casarse y con un vagón de compromisos a pesar de mi soltería, me encargué de regalarle en vida la única felicidad que tenia en el bolsillo para mí.

A partir de ese día nunca más use la palabra felicidad. La felicidad y el amor, habían muerto con ella para siempre y en mi corazón.